2 de octubre, celebración de los Ángeles Custodios
Carlos Gil

Esto fue el primer día de clases del primer grado, y me acuerdo como ahora. Había que llevar una libreta y un lápiz. Yo llevé la libreta. A duras penas. El lápiz se me olvidó.
La paga del pecado es la muerte y, en aquel caso, un correazo. Mrs. Correa (para colmo) se acercaba atemorizantemente por la fila de pupitres, verificando que tuviéramos aquellos básicos implementos de escritura. Al que no los tuviera, se le daba un buen reglazo en la mano; más que reglazo, un yardazo, pues Mrs. Correa andaba con una yarda más ancha que la regla común y, para colmo, con un remate de hierro al final.
De vez en cuando se podían oír por lo bajo los sollozos posteriores al golpe seco del contacto del instrumento con ls manita de los pequeños delincuentes. No tantos: tres o cuatro hasta llegar a donde yo estaba.
El caso es que, a medida que se acercaba a mi pupitre —doscientas libras magras de carne, huesos y tendones, cinturón ancho de cuero negro, pechos turgentes en apretado corsé, y moño recogido en lo alto de la cabeza, como un Cristo del Pan de Azúcar, divisable en el otro extremo del patio central, austera y severa, carencia total de maquillaje—, está mujer en sus buenos 50’, fruto de la educación puritana de la mejor y más pura estirpe calvinista, era un terror que me invadía cada vez más, y más, y más. Hasta el punto de que comencé a sollozar en anticipación dolorosa de lo que me venía encima. Frente a mí, una niñita de mi misma edad, cinco o seis años, se dio cuenta y partió en dos el único lápiz que tenía, le sacó punta a uno de los cabos y me lo dio muy discretamente, bajando el brazo por el lateral del pupitre.
Mrs. Correa no se dio cuenta y pasó por mi lado, vio que había cumplido con las exigencias del mandato y siguió adelante. Para colmo, la niña, que nunca se me olvidará, se llamaba Genoveva y me había dado la parte que tenía la goma en uno de sus extremos.

Hará casi setenta años de esta experiencia de cinco o diez minutos, suficiente para que jamás en la vida la olvidara, pero, además, para que empezara a creer desde ese momento en la existencia de los ángeles. Hoy, 2 de octubre, que celebramos a los ángeles custodios, quería hacerle un pequeño homenaje a aquel ángel mío, Genoveva, en cuyo corazoncito ya latía la vocación de la santidad.
«Hará casi setenta años de esta experiencia de cinco o diez minutos, suficiente para que jamás en la vida la olvidara»
Nos hicimos muy amigos a partir de entonces, y yo me convertí, gordito y husky como yo era, en su protector frente a dos o tres bambalanes, fieles practicantes del bullying en un mundo que todavía se consideraba esta horrible práctica como parte de la lucha natural entre las especies.
—¡Mrs., Mrs., ese nene me dio un puño y me tiró al piso!
—¿Y usted no tenía brazos y puños para soplarle para atrás? La próxima ya sabe lo que tiene que hacer. ¡Ay, estos muchachitos de hoy! Se quejan de todo.
Después de aquel primer año en primer grado, Genoveva desapareció, aunque yo sabía que su papá tenía un puesto de misceláneas en la plaza del mercado de Bayamón, justo detrás de mi casa, en el Cantón.

Pienso que estas experiencias sobrenaturales muchas veces quedan opacadas por las malas pasadas, las traiciones o cualquier otra suerte de desatinos que nos pasen en la vida. Esas tonterías desagradables a veces persisten más en nuestra memoria que otras experiencias, que se esconden en lo más profundo de nuestro colodrillo.
Oiga, porque, si bien se piensa, las experiencias con nuestros ángeles son muchas, muchísimo mayores y más abundantes que estas otras zanganerías que de vez en cuando nos agrian un poquitín la existencia. Insistimos, sin embargo, como le digo, en olvidar las buenas y recordar las malas.
«Insistimos, sin embargo, como le digo, en olvidar las buenas y recordar las malas.»
Hay algo que debo corregir si es que de verdad vamos a hablar sinceramente, como debe ser, y es que no es del todo cierto referirse a nuestras buenas experiencias como cosas del pasado, objeto de la memoria. No. La proclividad a la santidad, la belleza, la pureza, la alegría, el olor del perfume de nardos está siempre con nosotros, porque siempre con nosotros está nuestro ángel guardián, aunque no lo queramos reconocer, aunque no le creamos, aunque pensemos que son supersticiones infantiles. A pesar de todo eso, nuestro ángel guardián está con nosotros, está atento a nuestra conversación y se pasa trabajando en nuestro pro.
Por ejemplo, no han sido pocas las veces en que le he pedido a mi ángel guardián que vaya a hablar con el ángel guardián de alguien a quien debo pedirle un favor, para que se me adelante. No han sido pocas las veces en que he insistido con mi ángel guardián en que me indique el camino, que me haga vivir el consejo del Espíritu Santo y me dé la fuerza, la valentía, la entereza y la gracia de aceptar y actuar conforme al mismo.
¡Cuántas veces, ángel guardián, angelito guardián, como me enseñaste a llamarte cariñosamente, te adelantas incluso a mis peticiones y me provees la solución! ¡Cuántas veces lloras, yo lo sé, por ver el padecimiento que, en cierto momento de la vida, es precisamente lo que necesita mi alma, y tú lo sabes, sin que puedas intervenir! ¡Cuántas veces, precisamente en esos momentos, me das el consuelo de la paciencia, me dices que sea paciente de múltiples maneras, incluso me enseñas la forma de entenderte!
En momentos así, me acuerdo del bracito moreno con un pedacito de lápiz en la mano, moviéndose discretamente por el lateral del pupitre para darme la mejor parte con la punta de goma. Y entonces me preguntó: ¿dónde, dónde estarás, mi querida Genoveva de mi infancia? Y entonces me doy cuenta de que tu y yo fuimos como Tobías y su ángel, y con siete u ocho minutos de tu vida, dedicados a mí y a mi bienestar, hiciste que no te olvidara y te recordara en toda mi existencia.
Desde aquí te bendigo, dondequiera que estés, y, si me lo permitieras, quiero volver a ti para pedirte que te quedes conmigo para siempre, querida amiga, querido angelito de mi vida.
«Desde aquí te bendigo, dondequiera que estés, y, si me lo permitieras, quiero volver a ti para pedirte que te quedes conmigo para siempre, querida amiga, querido angelito de mi vida.»

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