Carta a mi perro

ES UN ARTÍCULO DE CARLOS GIL PARA EL COLODRILLO LEÍDO POR UNA VOZ SINTÉTICA.
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De hombre a perro

14 de octubre de 2026

Mi querido Varo:

Te escribo porque, aunque sé que no sabes leer, existe la presunción de que toda carta debidamente franqueada llega a su destinatario. Y tiene su sentido: tú eres mi destinatario y yo el tuyo.

Hace tiempo que quiero decirte muchas cosas. Pensé que la mejor manera de hacerlo sería mediante una carta, porque, si te las digo de palabra, todo terminará en relajo. Te tirarás al piso, te pondrás patas arriba para que te soben la barriga y comenzarás a hacer todas esas maromas que haces para llamar mi atención y conseguir, si el cielo te favorece, que me vaya contigo al patio a jugar con la bola.

No, no. Esta vez quiero hablar contigo en serio, como se dice, de hombre a perro.

Lo primero que quiero contarte tiene que ver con ciertos recuerdos tuyos que me parten el alma. Recuerdos que me hablan de cómo era yo y de cuánto me has enseñado a ser de otra manera durante estos cinco años que llevas compartiendo la vida de Irma y la mía.

Por ejemplo, recuerdo cuando eras apenas un cachorrito y le echaste los dientes a un mueble de enea que teníamos en la sala. Me enfadé tanto que decidí que no volverías a dormir dentro de la casa. Desde entonces, por las noches, Varo dormía afuera.

Recuerdo que una madrugada, como a la una y media o dos, me levanté a tomar agua. Estaba cayendo un aguacero torrencial. Me asomé y allí estabas tú, junto al portón de entrada al balcón, empapadito hasta los huesos, temblando de frío, con una bolita que yo te había regalado en la boca.

¡Y movías el rabo para que me pusiera a jugar contigo a aquellas horas y bajo aquella lluvia!

No recuerdo una experiencia más dolorosa para mí que verte castigado tan injustamente y comprobar que, aun así, no me guardabas ningún rencor. Todo lo contrario: querías entregarme lo más preciado que tenías, tu juguete, como si con aquel ofrecimiento quisieras decirme que todo estaba perdonado.

Nada más que recordarlo me dan ganas de llorar.

Desde aquella noche jamás volviste a dormir fuera de la casa.

«Me has enseñado que se puede perdonar sin pedir explicaciones, como hiciste aquella noche del aguacero.»

Te instalaste en el pasillo, frente a la puerta de nuestro cuarto, para recibir la bocanada de aire acondicionado que se escapaba por la rendija. Desde la cama sentía tu cuerpecito cuando te arrimabas a la puerta o cuando te levantabas para cambiar de posición.

Varo

Y, por alguna extraña razón, jamás volvimos a encontrar señales de mordeduras en los muebles. Tampoco nos despertabas durante la noche.

Nunca volví a cuestionar tu derecho a aquel rincón de la casa.

Quiero decirte también que me duele en el alma cuando te veo mirarme fijamente y ladeas un poquito la cabeza, como tratando de entender lo que te digo. Son momentos en que la tristeza me abate y tú pareces darte cuenta de que algo me pasa. Entonces te acercas y hasta has llegado a lamerme la cara.

¿Será tu manera de decirme que no esté triste? ¿De querer ponerme alegre?

Pero no te creas que estas blanduras del alma que a veces tengo contigo eliminan los enfados que me provocan tus maldades.

Por las mañanas, casi siempre —y digo casi siempre por hacerte justicia—, coges un zapato de la zapatera del cuarto y comienzas a correr con él por toda la casa. Has descubierto que esa es una manera formidable de conseguir una recompensa: un pedacito de la tocineta que Irma ha empezado a preparar para el desayuno o un trocito de queso de bola, al que últimamente también le has cogido el gusto.

Es un chantaje, Varo. Un chantaje perfectamente organizado.

Y qué decir de cuando te apoderas de mi pastillero, cosa absolutamente inaceptable, y empiezas a correr con él, desparramando las pastillas por toda la casa.

Entonces sí que me enfado contigo.

Pongo el condenado pastillero en algún lugar que considero más inaccesible que el anterior, con la esperanza —siempre inútil— de que esta vez no puedas alcanzarlo. Pero bastan dos o tres días para que descubras cómo levantar las patas, estirarte un poquito más y recuperar el bendito pastillero.

Y vuelta a las andanzas.

Sin embargo, quiero que lo tengas muy presente: lo que más me enfada de ti es lo que haces por las noches, precisamente cuando estamos viendo la mejor parte de una película.

De pronto adviertes que algún gato trasnochado está cruzando por la verja y te lanzas hacia la puerta de salida al patio como si hubieran declarado una emergencia nacional.

Entonces comienzan los ladridos. ¡Y qué ladridos!

Te transformas en una fiera.

Y mira que estoy hablando de las once o las doce de la noche, cuando los vecinos, muchos de los cuales tienen que levantarse temprano para trabajar al día siguiente, seguramente están durmiendo.

Yo me quedo con la cara caída de vergüenza, tratando de hacerte entender que no son horas de organizar semejante escándalo.

Pero tú, ni caso.

Hasta que no desaparezca aquel felino de tus dominios, no habrá paz en la casa.

Es entonces cuando Irma acude en auxilio de nuestra disputa. Abre la manguera y dirige el agua hacia el pobre gato, que sale despavorido, seguramente jurando no volver jamás por aquella verja.

Juramento que, por supuesto, incumple a la noche siguiente y, para colmo, a la misma hora.

Y no creas que esto es cosa de juego. Más de una vez me ha tocado hacer el entierro de algún gato que salió perdiendo en una desigual batalla contigo.

Te lo digo, Varo, y te lo digo en serio: deja de estar peleando con los gatos. Un día de estos te van a arañar el hocico y tendremos que salir corriendo para el veterinario.

Yo sé que a ti eso no te importa, pero debería importarte.

¿Acaso no recuerdas aquella vez que saliste con una uña lastimada de una pata? El chistecito nos costó unos cuantos pesos entre antibióticos, placas y visitas al veterinario.

Lo mataste, sí.

Pero ¿a qué precio?

Aparte de todas estas cosas, debo reconocer que tienes ciertas habilidades extraordinarias.

Por ejemplo, sabes hacerte entender cuando quieres salir al patio. Aunque, para ser más preciso, debería decir cuando te da la gana de salir al patio.

Si tienes prisa, tú mismo abres la puerta, siempre que no tenga puesto el seguro.

Y, para mi molestia y desesperación, indefectiblemente la dejas abierta.

¡Siempre abierta!

Te explico una y otra vez que por ahí entran los mosquitos, pero es como el que oye llover.

A estas alturas he llegado a la conclusión de que sabes perfectamente cómo abrir una puerta, pero no tienes el menor interés en aprender a cerrarla.

Y ahora, Varo, quiero hablarte de algo más serio.

A veces pienso quién de los dos se irá primero.

Es un pensamiento que me asalta de pronto, sin que lo llame, y me deja un nudo en la garganta.

Pienso que tu muerte sería un golpe tan fuerte para mí que no sé cómo podría soportarlo.

Imagino llegar a casa y que tú no estés esperándome, moviendo el rabo con aquella alegría tuya, trepando las patas delanteras sobre el portón o introduciendo el hocico por uno de sus huecos para inspeccionarme, como si necesitaras asegurarte de que quien llega es realmente el mismo que salió.

Imagino abrir la puerta y no encontrar tus ojos, tus brincos, tus carreras, tus exigencias de atención.

No escuchar tus patas sobre el piso.

No tener que regañarte por un zapato desaparecido.

No tener que levantarme de la cama para ver por qué estás ladrando.

No encontrar tu cuerpo echado frente a la puerta de nuestro cuarto.

Y no sé, Varo, no sé cómo podría acostumbrarme a ese silencio.

«Me has enseñado que la alegría puede caber entera en una bolita de goma, en una carrera por el patio o en el simple regreso a casa de alguien a quien se quiere.»

Porque eres un perro bueno, noble y leal.

Y gracias a Dios, ni Popeye, de la Sociedad Canófila de Puerto Rico, con todos sus entrenamientos, ni yo, con mis intentos de disciplina, ni los incontables videos de YouTube que he consultado hemos conseguido doblegar tu carácter.

Sigues siendo tú.

Tú mismo.

Con tu personalidad, tus ocurrencias, tus maldades y esa independencia que solamente cede un poquitín cuando consideras pertinente atender nuestros deseos.

Sí, es verdad que obedeces ciertas instrucciones.

Te digo «siéntate» y te sientas.

Doy una palmada sobre la cama y trepas a ella.

Te hago una seña, acompañada de una sonrisa, y vienes a buscar una caricia.

Te digo «Varo, la vueltita» y das tu vuelta.

Y a las diez de la noche, cuando nos disponemos a acostarnos un poco más temprano, sabes perfectamente que ha llegado la hora de hacer la última ronda alrededor de la casa.

Allí estás, esperando junto a la puerta.

Pero, aparte de esas pocas instrucciones, no aceptas casi ninguna otra.

De ahí en adelante, tu voluntad es la ley.

Y, sin embargo, ¡cuántas cosas me has enseñado!

Me has enseñado que se puede perdonar sin pedir explicaciones, como hiciste aquella noche del aguacero.

Que el cariño no necesita grandes discursos.

Que muchas veces basta con estar presente, con acompañar en silencio, con recostar la cabeza junto a alguien que está triste.

Me has enseñado que la alegría puede caber entera en una bolita de goma, en una carrera por el patio o en el simple regreso a casa de alguien a quien se quiere.

Y, sobre todo, me has enseñado que el amor no siempre necesita palabras para expresarse.

«Y, sobre todo, me has enseñado que el amor no siempre necesita palabras para expresarse.»

Porque tú no puedes leer esta carta, Varo.

Tampoco podrías contestármela.

Pero de alguna manera sé que entenderías todo lo que quiero decirte.

¡Cuánto te quiero, mi querido Varito!

¡Qué miedo me da perderte algún día!

Y pensar que a veces me molestas tanto…

Si el gran san Francisco de Asís bendecía a los animales y, según se cuenta, era capaz de conmoverse hasta las lágrimas ante un hormiguero, yo, ante ti, perro mío, también lloro.

Y también te bendigo.

Tu amo.

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7 respuestas a «Carta a mi perro»

  1. Avatar de Fernando Melendez
    Fernando Melendez

    Excelente reflexión y en audio se vive.

    Gracias

    1. Avatar de Carlos Gil

      Gracias Fernando por tu comentario. Qué mucho queremos a nuestros perritos! No es verdad?

  2. Avatar de Rosita
    Rosita

    Que carta tan tierna. Varo es dichoso de tenerte como amo y tú de tenerlo de mascota. Se merecen ambos. Mil bendiciones para ambos. Tu hermana que te adora.

    1. Avatar de Carlos Gil

      Gracias hermana querida. La próxima vez que vengas a visitarnos no te olvides de traerle un buen hueso.

      1. Avatar de Heidi Martínez
        Heidi Martínez

        Hermosa carta Don Carlos!! Me encantó…

        Varito es muy afortunado y ustedes también, los perritos al igual que las mascotas hacen de la vida especial…

  3. Avatar de Áurea
    Áurea

    querido Carlos; te enviaré un poema cónsono con tu amor a Varo. Siempre quedan en nuestra memoria. Abrazos.

    1. Avatar de Carlos Gil

      Gracias querida Áurea. Esperamos ese poema !

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