Carlos Gil
El declive del saludo y los nuevos piratas
Y si bien se piensa, usted se dará cuenta, como me he convencido yo, que esta crisis del saludo entre nosotros tiene que ver con la muerte de la esfera pública. ¿Qué? ¿Cómo? Pues fíjese: en un país donde cada vez es más laxo el sistema normativo (donde cada cual hace lo que le da la gana), el otro social se ve cada vez más con sospecha y desconfianza. En nuestro cuerpo a cuerpo de cada día, como también diría Irma Rivera, todo lo que tenemos es el escudo de nuestra carne y sangre para repeler el ataque, para acercarnos cariñosamente a los otros, para responder a la celada que los otros nos puedan tender en la acera, en el ascensor, en la oficina; para acariciar o aproximarnos a los otros. Mataron al Padre y nos hemos quedado como el vaquero al que el piel roja le arrancó el cuero cabelludo, en carne viva.
«esta crisis del saludo entre nosotros tiene que ver con la muerte de la esfera pública.»
Hemos pasado de ser ciudadanos a ser piratas, depredadores que se han colocado fuera de la jurisdicción de un estado. El pirata se sabe excluido de toda protección estatal y se sabe fuera de la ley. Es, nuevamente, la antípoda del ciudadano, el cual, para Cicerón, es aquél que usa lo privado como privado y lo público como público, sin confusión alguna. Es precisamente la confusión de ambas esferas, la falta de fronteras la que crea la piratería: creerse que se puede usar lo público como si fuera privado. En tal sentido, el otro que también navega el mar social podrá ser un enemigo potencial, una víctima en potencia, alguien de quien puedo obtener algo, pero nada más. No hay nada que compartir en este espacio privatizado, segmentado y apropiado. (Véase por ejemplo las plazas tomadas por deambulantes, los espacios para estacionamiento roturados con baldes de cemento frente a las residencias como si el pedazo de calle frente a cada casa fuera parte de los derechos reales de los vecinos, los carros estacionados sobre las aceras frente a los comercios, las zonas residenciales y las oficinas médicas de la satánica Avenida Dómenech a la hora de almuerzo; y como en la pasada y de tan triste recordación huelga de 2017, las bibliotecas, salones de clase, las piscinas y demás estructuras de entidades públicas como la Universidad tomados por grupos de piratas para el uso privado de semenarios, –quiero decir–, seminarios, lugares de uso público como los comedores del Recinto de Río Piedras convertidos en “espacios rescatados” con sus correspondientes comedores para estudiantes pobres, fiestas, celebraciones y sus improvisados amatorios –quise decir–, dormitorios, como en la antedicha huelga ocurrió con el aciago tercer piso de la Facultad Domingo Marrero Navarro –padre fundador–, replicado ahora por los nuevos piratas, ávidos de dejar, también, su semilla).
«Hemos pasado de ser ciudadanos a ser piratas, depredadores que se han colocado fuera de la jurisdicción de un estado.»

El mundo simbólico que es la cultura, ese mar sobre el que sobrenadan nuestras mutuas expectativas de comportamiento del otro, se ha secado. Sí, se ha secado como el mar Rojo para que por el pedregal de su cauce vacío pase a pie enjuto un reguerete de gente muda, afásica, taciturna, hosca, arisca, huraña, retraída, antipática, intratable, insociable, desabrida, esquiva, montaraz, brusca, áspera, ruda, violenta, ordinaria, basta y descortés. Porque así se han quedado nuestros –cada vez más escasos– espacios públicos: aceras, lobbies, paradas de guaguas, carros públicos y trenes urbanos, pasillos de centros gubernamentales, calles, edificios públicos, bibliotecas (¿quedará alguna?), escuelas, hospitales, alcaldías, parques y jardines (¿queda alguno?) y espacios naturales.
Nuestro espacio público ha quedado, no vacío, sino calzado por la infinidad de peldaños de nuestras propias pandillas, tribus, caravanas, agrupaciones, mafias, familias, hordas, bandas y partidas. Y cada uno de nosotros, nuevos piratas, puñal en boca listos al abordaje de cualquier nave o individuo que se nos cruce en el camino.
El saludo, esa antesala y esa cápsula inventada por la cultura para proteger la piel ciertamente frágil de nuestra subjetividad, –el saludo–, decimos, se ha ido perdiendo, desgastando y ya sólo podemos depender de nuestra propia agresividad como manera-de-ser. De aquí que, cualquiera que visite nuestro país notará lo grosero de las formas de los empleados de los comercios, lo rústico de las maneras de los taxistas, de muchos profesionales de la salud o el derecho, lo agrario y preindustrial de nuestro trato cotidiano, en el promedio de los casos.
Y es que en una sociedad sin principio paterno (las sociedades colapsadas) el asunto de los vínculos sociales, ese punto nervio de la sociedad, se afecta irremisiblemente. Como no tengo certezas externas, referencias normativas de alguna estabilidad valorativa, me refugio en mí, en mis conocidos, en mis agremiados (conserje-conserje; fiscal-fiscal, etc.,), en mi pandilla o camarilla pirata de referencia.
Saludo si tengo la seguridad de que no seré dañado, agredido o despreciado por el otro. De aquí que retornemos, de forma brusca, a las formas preindustriales de sociabilidad y creación de vínculos, tales como los lazos de sangre, las relaciones basadas en el clientelismo estatal, el llamado bonding por amistades comunes, las referencias a amigos o conocidos comunes que suplen la carencia de exposición a nuevas relaciones. Nuestro saludo y otras formas de relación social no descansan ya en las meta referencias de las normativas estatales (los deberes del funcionariado público, las obligaciones de impartir justicia de los operadores jurídicos, los compromisos éticos supra personales y supraindividuales de la objetividad en el desempeño de la función magisterial o administrativa de las entidades públicas). Nuestro saludo es más primitivo, se sostiene en certezas olfativas, táctiles o auditivas que me garanticen la pertenencia del otro o la otra a la misma tribu, horda o comunidad pirata.
Traducido a un lenguaje cotidiano: se desconfía del policía que incauta sustancias controladas en un allanamiento; de una jueza que dicta una sentencia porque puede haber soborno; del legislador que defiende un proyecto de ley porque puede tener interés con alguna compañía privada que quedaría beneficiada; del administrador de la entidad pública porque puede responder a los intereses del partido político en el poder y/o a los caciques institucionales de la Finca; del administrador de condominio bajo el régimen de propiedad horizontal porque puede estar confabulado con el Presidente de la Junta de Condóminos para sustraer dinero de las cuotas; del líder sindical porque puede ser un agente del partido de oposición.
En este desgaste del crédito de las instituciones, no poco es lo que debemos a los medios tradicionales de prensa, radio y televisión. La “noticia”, cuanto más morbosa, mejor: el asesinato de su mujer por parte de un hombre borracho o drogado (si es posible, a machetazos); los niños que son descuartizados, envenenados, violados o mutilados por sus padres, madres y demás familiares; si escandalosa, cuanto mejor, (uno de los programas radiales de mayor audiencia en Puerto Rico se llama, muy significativamente, “El escándalo del día”.)
Los llamados “hombres y mujeres públicos” hacen poco, demasiado poco, por cierto, por aumentar el crédito social en pro de nuestros espacios públicos, siendo cada vez más escasos los gestos de sabia y sana administración o normalidad y virtud ciudadana. Los héroes: el alcalde de un municipio quebrado que no aceptó un aumento de sueldo; el muchacho que encontró una cartera y la devolvió; los dos ciudadanos que nadaron quince pies para rescatar tres personas en una avioneta estrellada. Suele ser cada vez más común la costumbre de dar las gracias a los jueces y juezas por emitir una resolución o resolver en derecho un pleito ante sí. Éstos, que en cualquier otro momento hubieran sido actos impuestos por la obligación y la conciencia, tanto individual como ciudadana, se han convertido en gestas. Nos asombra que el juez, el policía, el padre, el maestro o el médico cumplan con su deber.
De aquí que la idea de los recortes (Puerto Rico se ha declarado en quiebra y se encuentra en un proceso de severos recortes en el gasto público) –los recortes–, decimos, sea tan difícil de aceptar y siquiera entender por la gran mayoría.
Simplemente, las esferas de poder público han perdido su crédito, la fe pública en el estado ha desaparecido junto con el propio Estado y todo, parece quedar bajo cuestionamiento. Lo público protegido por las reglas de la convivencia se convirtió en mar abierto. Es por eso que se cuestiona el rol del padre, de la mujer, del matrimonio, del sexo, del apellido, de la familia, de la escuela; se cristalizan las hermosas metáforas, las bellas mentiras y sus nomenclaturas ingeniosas (Estado, Libre, Asociado…); las poéticas bajo las cuales se representó el experimento panamericanista de Puerto Rico (“Vitrina de América…”; “…Puente entre dos culturas…”; “…Perla del Caribe…”) se cuartean: se pone al país a decidir asuntos como su “futuro político”, nada menos, y la naturaleza de la familia bajo un nuevo Código Civil, entre otras. El hombre de a pie ya se ha acostumbrado a vivir en un territorio en ruinas, quebrado, colapsado, entre los escombros, no de un país, sino de lo que creyó ser un país y ahora se devela como un simple conglomerado de gente bajo un pedazo de cielo (en la conocida frase de Muñoz Marín).
Metaforizado por el caso de las cenizas de Peñuelas (se debate en los tribunales locales el derecho de una compañía privada a depositar cenizas provenientes de la quema de neumáticos en un vertedero en el pueblo de la costa Caribe, Peñuelas), es todo un país el que se pone ante el aparato judicial como escoria, como residuo, como rescoldo, como desecho.
Nuestro hombre de a pie, de nuevo, acostumbrado a este duro lenguaje, a esta infame representación de su mundo, se refocila y se repliega; se privatiza, no sólo en cuanto a la crematística de la vida cotidiana, sino en cuanto a los modos de socialización y las formas sociales. O sea, se hace pirata. No hay otra; no hay nada allá afuera digno de ser respetado o reverenciado; el afuera es el vacío para predación, el pillaje, el robo, la rapacidad.
Recapitulación
En nuestro recorrido por las diferentes modalidades de saludo, hemos descubierto en este ritual un lugar privilegiado para mirar como con lupa nuestros actuales padecimientos como conglomerado humano. Notamos un desgaste de las formas tradicionales, la emergencia de formas menos elaboradas de saludo, cuando lo hay, la metamorfosis de protocolos sociales de encuentro de personas en espacios públicos. Con el desgaste de las metarreferencias (Estado e instituciones) tradicionales, el sujeto queda más desnudo frente a los encuentros sociales los cuales representan amenazas a su integridad corporal y psíquica.
El resultado neto de tales desarrollos ha sido el desvanecimiento del espacio público en pro de un mar ignoto habitado por individuos y grupos incapaces de mutuo reconocimiento como personas, puestos aquí bajo la figura del pirata.
«El resultado neto de tales desarrollos ha sido el desvanecimiento del espacio público en pro de un mar ignoto habitado por individuos y grupos incapaces de mutuo reconocimiento como personas, puestos aquí bajo la figura del pirata.»
No ha desaparecido como rito, naturalmente, pero convendrá que advirtamos cambios profundos en su mecánica: un saludo más escueto, con menos ceremonia (entre los jóvenes, por ejemplo); una pérdida del carácter contractual de los lazos sociales mediante el acto reiterativo de la práctica ritual (saludar o no saludar, da igual); una pérdida del sentido simbólico del saludo como representación de la pertenencia a ciertas comunidades invisibles (comunidades de fe), entre otras. Se saludan los miembros de la misma tribu, de la misma mafia, de la misma pandilla, de la misma horda pirata.
Ramón Ortiz del Rivero (Diplo), haciendo una de las primeras y más certeras sociologías sobre el saludo urbano tradicional, ya sentenció su declive, hacia los inicios de la década del ’50. Con una asombrosa clarividencia, ironiza sobre el saludo de dos varones requetefinos, considerando la salutación como algo anacrónico y pasado de moda. Con aquella vieja tonadilla se cerraba, muy probablemente, la era del saludo como estructura básica de socialización. En su final apretón de manos, los viejos amigos se dan la despedida, como si aquel, su mundo casi divino y desbaratao, se terminara para siempre.
–Adiós don Pepito.
–Adiós don José.

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