Carlos Gil
Si usted es de esos que cuando entra al ascensor de su condominio dice los buenos días y nadie se los contesta, no se sienta mal, porque a mí me pasa lo mismo que a usted.
Debajo de la fenomenología del saludo que expongo más adelante, habremos de advertir un importante problema psi-jurídico, un problema de cómo se constituye la ley en el sujeto y al sujeto como sujeto a la ley y de la ley. Cuando saludamos, nos acogemos a la identidad, a un Quién. Es así que la socialidad opera con respuestas abiertas a ese Quién (a ese con quien hablamos, a ese a quien saludamos, etc.). En el saludo, el Quién es el que está presente, no y nunca el Qué; tratándose de seres humanos, siempre saludamos a un Quién, nunca a un Qué. Saludamos al vecino, a la amiga, al empleado, al que nos da un servicio, al licenciado, al médico, al estudiante, a la decana, etc. Se trata de Quiénes con una complejidad simbólica extraordinaria. Estos Quiénes nos presentan un rostro que es límite, una figura, una forma, en fin, una encarnación particular y singular pero, y esto es lo más importante, perteneciente a un universo simbólico social (a un todo, a un conjunto). Es así que cuando saludamos reconocemos, casi homenajeamos esa otredad distinta pero semejante que viene a nosotros o se nos pone al frente. Incluso, cuando mostramos disgusto ante el otro es un Quién (conjunto de significados) lo que nos es mostrado.
«Cuando saludamos, nos acogemos a la identidad, a un Quién.»
Este breve ensayo trata sobre la erosión de esas identidades y lo que se busca tras la ausencia del saludo, los significados que el Otro nos propone como insulto, y el miedo del Otro.

El saludo posthuelgario
Si como yo, usted regresa a la Universidad (para el caso puede ser cualquier institución o centro de trabajo, el efecto será el mismo) después de tres meses de huelga y nota cambios sustanciales en quiénes antes le saludaban y ahora no, o de quiénes antes no le saludaban y ahora sí, o quienes antes le saludaban y ahora parece serles indiferente el saludo, entonces este ensayito es para usted.
Si lo saludan con un beso, probablemente es que están de acuerdo con usted en que: 1) la huelga fue un acto desesperado del chavismo y sus secuaces locales, 2) esta huelga fue auspiciada y programada en sus mínimos detalles por la propia administración universitaria, 3) en un determinado momento se les fue de las manos a la gerencia reventándole la bomba en las manos, 4) la huelga no pudo prender la mecha de un levantamiento popular, como se quería, ganándose, por el contrario, la impopularidad cuando no la antipatía en la opinión pública 5) los estudiantes fueron los tontos útiles de este proceso y 6) con la estrategia de no intervención del gobierno, se desactivó la “huelga” como mecanismo de presión.
Si te retiran el apretón de manos de antaño, pero te saludan de gesto, con cierto grado de probabilidad es que se oponen a ti en alguna de las anteriores.
Pero si te retiran el saludo mirándote, es que existe la posibilidad de que se oponen a ti en todas las anteriores.
Si, finalmente, no advierten tu presencia, es que tal vez han quedado deprimidos o deprimidas con el proceso, y simplemente, son seres que no pueden ni con su alma.
Pero, a ciencia cierta, usted no sabrá nunca, pero nunca, el por qué del cambio abrupto en el ritual del saludo.
Las ambigüedades del saludo
Y es que, en general, el saludo se ha convertido en algo bastante borroso en estos días. Oiga, porque si bien sentamos mientes en este asunto, se da uno cuenta de que vamos medio desorientados, confundidos con saludar o no saludar. Porque mire usted: antiguamente, quiero decir, cuando usted y yo nos criábamos, –que no va tanto–, si usted quería romper la amistad con alguien, demostrarle su desprecio o aborrecimiento a un amigo, le negaba el saludo, y asunto concluido. Con tan simple expediente se rompía la relación, dando pie, eso sí, a las llamadas telefónicas, los reconcomios de conciencia (“Qué le habré hecho a Fulano que no me contestó el saludo esta mañana…”); “Y ahora qué te pasa…”, “Qué fue lo que hice…” o simplemente el hielo glaciar entre las partes a partir del saludo frustrado.
«Y es que, en general, el saludo se ha convertido en algo bastante borroso en estos días.»
Pero ahora, ahora no, hombre. Aún en los casos claramente políticos, como los descritos con el saludo posthuelgario, habrá que acostumbrarse a que un día te saluden con un beso, otro día la misma persona te ignore, más adelante te llame por teléfono y te pida un favor, después te vea en el cine y te cambie la cara y cuando le preguntas qué pasa que está tan rara te conteste:
–Oye, pero tú estás paranoico, ¡por un simple saludo te pones histérico!
A lo que uno sólo puede contestar con un quizás, quizás, quizás.
El saludo entre los comunistas
A ciertas actividades de confraternización he ido, organizadas por antiguos estalinistas (ahora bajo la conveniente fachada de “grupos comunitarios por un mejor ambiente”), en que no te dan la bienvenida, tienes que irte auto presentando persona por persona, tienes que meter la mano en la neverita con hielo para coger la naufragante lata de cerveza y, si quieres alcanzar algo de los piscolabis, tendrás que apoyarte tú mismo, por tu propia cuenta y riesgo, en un costado de la mesa de los entremeses y proceder sin más orden ni concierto que los dictados por tus propios instintos. Los comunistas (agrupo bajo esta categoría a los antiguos militantes, los viejos y viejas camaradas de las desaparecidas izquierdas, en fin, a tod@s aquell@os que creen que “…esta lucha es del Pueblo”), los comunistas, –digo–, no saludan. No porque no sepan, sino porque para ellos, no se usa. Los abrazos y besuqueos de los altos mandos del Politburó que tanta gracia nos hacían a los adolescentes de los sesenta y setenta, estaba bien, pero sólo para ellos. Como si los Nikita y los Brézhnev hubieran sido los únicos autorizados a besarse y a saludarse en representación del Proletariado. Los individuos de carne y hueso, al encontrarse, ya podrán darse por besados, abrazados, sobados, acariciados y saludados a partir del SALUDO originario de los Líderes, Verdaderos sujetos de la Historia, como los llamó Althusser y los de su cuerda.
El saludo en las comunidades de fe.
Pero es que hay más. Es que el mismísimo acto de Darse la Paz de los que profesamos la fe católica, ya se empieza a contaminar con el descontaminante de manos. Cada vez es más frecuente esa desagradabilísima práctica consistente en sacar el frasquito de sanitizer con cierto disimulo, echarse un poquito de mata gérmenes 99.9% accuracy en las manos, frotarse técnica y metódicamente luego de darle la mano en señal de paz a los hermanos. Lo curioso es que nunca he visto a estas santurronas cristal clear desinfectarse antes de dar la mano, procedimiento que correspondería más al “… no es lo que entra en la boca lo que hace daño, sino lo que sale …”, tan decisivamente proclamado por el Señor en ocasión semejante ante los fariseos.
Los Evangelios, que en la tesis de la profesora Rivera Nieves, llaman a una relación asimétrica entre los hombres (“… si sólo saludan a los amigos, ¿qué mérito tiene? Saluden también a sus enemigos.”) –los Evangelios–, decimos, imponen la práctica del saludo a los nuestros y a los otros. Quizás incluso más a los otros, a quienes es nuestro deber convertir en prójimos, como el buen samaritano al pobre y machucado viajero en el camino de Jerusalén a Jericó. Nuestra tendencia es, aún en nuestras comunidades cristianas, como la del sacerdote y el levita: irnos por los desvíos.
El saludo en los ascensores
Y hablando de desvíos y desvaríos, ¿usted no ha sentido al entrar a un ascensor de un condominio, inmueble vertical o edificio de oficinas médicas, cierta, digamos, incertidumbre con respecto a saludar o no saludar? Las posibilidades son tantas como pasajeros tenga el elevador: que te contesten todos, que te conteste alguno, que no te contesten; que te contesten con una mímica, que no te contesten ni de palabra ni de gesto. Si es un edificio, digamos, un centro judicial, responderán entre sí y por gremios los locales; los que siempre se ven y han ido a alguna fiestecita del trabajo juntos (alguaciles con alguaciles, fiscales con fiscales, conserjes con conserjes, abogados graduados de la misma clase con abogados graduados de la misma clase). No espere interpenetraciones de estas masas demográficas: fiscal no saluda a conserje; conserje no saluda a alguacil; graduados de la misma clase no saludarán a conserje.
Cierto que de vez en cuando se asiste a un prodigio: un desvencijado licenciado, pasados los 80 abriles, bragueta semiabierta, saluda a todos sin excepción al entrar; se despide de todos sin excepción al salir. Vestigio de otros tiempos, estos viejos abogados que no rinden sus armas a la Era Digital y los Sistemas Computarizados, pululan, vaya y los verá, medio desorientados por nuestros centros judiciales en busca del recóndito buzón donde depositar el Índice Notarial antes de que se cumpla la fecha fatal del día 10 de cada mes. Pero fuera de esos ancianos, que para colmo, al darle el saludo lo miran a uno a los ojos, fuera de esa clase en peligro de extinción, no busque, qué va, respuesta a su saludo fuera de los cánones anteriormente descritos.
El saludo en los departamentos académicos
Para colmo de desconciertos, se da el caso, como el del que esto escribe, de irrumpir en poblaciones mixtas de saludadores y no saludadores, lo que lleva a veces al paroxismo de la confusión: mi experiencia cotidiana de entrar a buscar en mi buzoncito en un Departamento Académico de una Universidad del Estado en que se alojan las dos especies: los de Humanidades y los de Inglés. Entras y das los buenos días, los de Humanidades, algunos, te responderán sin mirarte, pero te responderán; los de Inglés, no te responderán de palabras ni de obras. Simplemente, eres una nonentity social, poco menos que un fantasma, del cual, en algunos casos, todavía pueden sentirse ciertos fluidos entre las almas más sensibles. Tratas de escudriñar alguna expresión facial del otro ser humano que no te ha contestado el saludo y repites:
–Buenos días nos dé Dios…
Y nuevamente, cero respuesta.
Aquellos rostros están afásicos, fijos en la conversación que llevan entre sí y que precedió a tu entrada, en la pantalla de la computadora o en el papel que yace sobre el escritorio. Pero de responder al saludo, qué va, de eso nada.
En una segunda etapa, preparas estrategias para el sofocón que te producirá tu próximo encuentro con la catatonia departamental, y te dices a ti mismo:
–¡La próxima vez conmigo se joden, que los salude su madre…!
Eso es porque uno se cree que algo se confabula en su contra. ¡Estúpido yo! ¡Qué va! Te das cuenta de que estas personas no piensan hacerte daño alguno, que su falta de correspondencia a tu saludo es, es… es normal. No tienen tiempo para pensar en ti, están absortos en sus propios problemas, como tú en los tuyos. Luego te dices: es que son así, es que no se usa, es que estudiaron con anglosajones y perdieron el willing de saludar, si es que alguna vez lo tuvieron. Puede que en la fila de la fuentecita de agua hasta te hagan un comentario jocoso sobre esa lluvia que está cayendo o el próximo día de cobro (si lo hay). O puede, simplemente, que no te dirijan la palabra o se nieguen a habitar contigo la burbujita social del small talk de la fila para el café. Tan sorprendidos ellos de tu saludo como tú de su silencio.
El saludo entre los más jóvenes
Me sorprende ver los rituales de encuentro y despedida de mis jóvenes estudiantes: simplemente, no existen. En el fortuito y desacostumbrado evento de que pongan conversación entre sí, ésta se limitará a ir al grano directo, straightforward: “¿Cuándo dijo que va a ser el examen?”; “¿Viene lo de la Ilíada?”; “¿Dijo si viene el lunes que es martes?”; “¿Dijo si venía el viernes que es miércoles?” (No es crítica, al contrario. Envidio de estas nuevas generaciones, por ejemplo, su dominio del inglés, idioma del que una militancia izquierdosa, fanática y mal dirigida de mi adolescencia me apartó.) Lo que me crea curiosidad y asombro es cómo cada nueva generación se las busca para socializar, digámoslo así, para notificarse su humanidad los unos a los otros. Yo sé que tengo que acostumbrarme, tengo que acostumbrarme a los mensajes de mis alumnos que, al principio me parecían groseros y ahora los he comenzado a descifrar con mayor espíritu cristiano: “¿Profe va a dar clases el martes que hay Asamblea…?, y esto a bocajarro sin unos buenos días, después de casi tres meses sin clases; o el “¿Eso es pal’ examen…?”
El saludo en otras culturas
Los rituales de sociabilidad, que cambian de cultura a cultura, están tan acendrados en nuestra vida que son la vida misma. Los esquimales se frotan la nariz en señal de mutuo reconocimiento; los japoneses se dan la mano y se preguntan si ya han comido; para un mediterráneo es prescriptivo el: “Hola buenas…”, al entrar, y el: “Hasta luogo…”, como pronuncian por allí, al salir, aunque sea en la fila de la carnicería. La gente del este continental americano no suele saludar; los bávaros saludan siempre, mientras que los berlineses no; los de la zona central de la Isla de Puerto Rico saludan siempre, de palabra o de gesto, los sanjuaneros, a veces; los viequenses, siempre, los humacaeños, casi nunca. En las oficinas médicas de San Juan, sin embargo, es costumbre decir: “Que salgan pronto” para despedirse y en 80% de las ocasiones la concurrencia responde a coro: “Gracias…”.
«Los rituales de sociabilidad, que cambian de cultura a cultura, están tan acendrados en nuestra vida que son la vida misma.»
En la Francia el: “…ça va, ça va bien…?, es prescriptivo con el apretón de manos correspondiente, la mirada a los ojos y la sonrisa, que siempre te incluyen.
Gestos asociados al saludo
No tengo preocupación alguna con el cambio en los modos de socialización en este país, aparte de la incertidumbre de saludar o no saludar. Pasa lo mismo que con sostener la puerta: si es una mujer, pensará que la rapeas (del rape inglés, violación, asalto). Si es un adulto mayor, pensará que te burlas de sus achaques y le humillas; si es un hombre de tu edad pasará por debajo del arco de tu brazo mientras aguantas la puerta como si fuera tu función en este mundo así hacerlo, sin dar las gracias o hacer el gesto de sustituirte en la tarea. Siempre habrá, mujer, anciano u hombre que te dé las gracias, mirándote a los ojos, haga el gesto de sujetar también la puerta o se dé prisa en salir en advertencia de tu acto de cortesía. Pero son los menos.

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