Mi dolor es mío …
(Autor: Don Felo).

Francis Picabia, Parade amoureuse (1917). Óleo sobre lienzo. Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.
Ya me ha pasado varias veces y como que no le encuentro la tostada a este asunto: cuando usted, cortésmente y con su conciencia limpia, deja que una dama pase primero, ésta se resiste, se contorsiona y le dice:
—No; el que va a pasar primero es usted.
Pero, oiga, con coraje, como si usted le hubiera hecho algo malo.
Me acordé de una visita de los reyes de España, don Juan Carlos y doña Sofía, al papa Francisco. Cuando iban a salir de la estancia, el rey le dio paso al Papa y este lo rechazó muy cordialmente con estas palabras:
—Las ovejas van primero.
Pero el caso es que yo no me siento muy oveja; más bien lobo y, entre los lobos, estepario.
Empecé a barajar varias posibilidades. ¿Me encontrarían demasiado anciano y decrépito, una especie de muerto insepulto, como para que fuera prescriptivo darle paso a aquel adefesio? Otra posibilidad era que estas féminas no quisieran tener detrás a un hombre cuyos ojos pudieran fijarse en las partes posteriores de su cuerpo. Pero, a mi edad, dudaba que mi aspecto resultara tan amenazante, sobre todo cuando estos incidentes me ocurrían tanto en la misa como en los espacios públicos más ordinarios.
Y mire que le he dado vueltas en la cabeza —incrustadas como tengo estas experiencias en mi colodrillo— a este asunto que, una vez que usted lo nota, como que se convierte en lo que llamamos un issue de su vida pública y de su peregrinar por este valle de lágrimas.
Recuerdo especialmente que, al entrar al palacio de don Ramiro, por allá en Oviedo, una señora alemana, con su esposo también alemán, impidió a brazo partido que yo le permitiera la cortesía de dejarla pasar. Finalmente, tuve que entrar, a las buenas o a las malas, delante de ella, lo cual, en cierta forma, me aguó la experiencia de aquella visita.

¿Por qué es que, cada vez que junto a usted se sitúa una mujer (en honor a la verdad no son todas, ¡líbreme Dios!) ambos están en posición equidistante de una puerta, una entrada o lo que sea, va a caer usted en la crisis del «pase usted primero»?
Yo le diría que, como están las cosas en mi Borinquen bella, estamos en un cincuenta por ciento que acepta pasar primero y otro cincuenta por ciento que no aceptaría, por nada del mundo, que usted le diera paso. Pero la balanza se va inclinando según creo a que pasemos primero los de sexo masculino.
Según me cuenta mi amigo Juan Duchesne, que ha estudiado estas cosas hasta en las comunidades amazónicas de tiempos pretéritos, se trata de una nueva ideología antipatriarcalista: las cortesías del macho tradicional patriarcal no son más que formas de dominar a la hembra. El tiempos de las idealizadas amazonas, estas se comía al hombre y a toda su familia y asunto concluido
O séase que, si usted le trae una cervecita bien fría, con un vaso y una servilleta, a su esposa, su novia o su amiga, podría interpretarse como una forma de dominarla. Y si la cervecita viene acompañada de un platito de queso manchego con jamón serrano, entonces es peor, porque se interpretará que, además del gesto de dominación, existe un gesto de fanfarronería: demostrar que usted tiene sus centavos como para pagarle la cervecita y los piscolabis y … algo más.
Fíjese: si usted comete la inmensa torpeza de levantarse de una silla para dejar que una mujer se siente, prepárese, porque está abriendo la caja de Pandora. O bien le aceptan el gesto con un mohín, sin pronunciar palabra, o no se lo aceptan, ni lo advierten, ni le dan las gracias. Lo más probable es que le den la espalda en un gesto de total beligerancia, desprecio y repugnancia. En todos los casos se presume que usted quiere rapear a la mujer con esta suerte de inchurbideces..
Quizás sea por esta especie de venganza misteriosa, acumulada durante las eras del tiempo contra el macho, que, en el juicio de Lindsay Clancy —asesina confesa de sus tres hijos—, once miembros del jurado se inclinaron por declararla no responsable criminalmente, mientras uno se opuso. Después de siete días de deliberaciones, el resultado fue un juicio nulo.
Y será por eso también que Chad Daybell, el hombre que asesinó a sus dos hijos y a su primera esposa, fue condenado a muerte con tan solo 2 horas de deliberación.
Mucho cuidado con los piropos, jóvenes boricuas, mucho cuidado. Si repites dos o tres veces el mismo piropo, o uno similar, a la misma mujer, y esa conducta repetida le provoca temor o intimidación, puedes estar cometiendo acecho, delito que se castiga con cárcel, y no lo sabes. Es acecho porque se repite y produce temor.
Oiga porque, como esto siga así, poco a poco, los trabajos más duros los asumirán las mujeres -aunque entre los bomberos más arriesgados durante los rescates del 11 de septiembre no viéramos a ninguna y, en el atentado contra Trump que casi lo deja gacho, solo presenciáramos el espectáculo de una guardia de seguridad paralizada por el pánico.
Una avezada mujer respondería:
—Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón: después de tres mil años de civilización machista, ¿qué esperaban estos machos narcisistas de Occidente? Dennos mil años de dominio y verán si el gas pela y la gasolina enciende…
Pero no, no nos desviemos del «pase usted primero», que es una situación bien práctica que se me atora en la garganta cada vez que me paro a esperar frente a la puerta de un ascensor.
¿Qué hago, le doy paso o paso yo primero?
Después de analizarlo con calma, descomponiendo el problema en cada una de sus partes, pude ver, de forma clara y distinta, lo siguiente:
Primero, analícese a la fémina en cuestión: la edad; el peinado —de beauty, hecho a la carrera antes de salir de la casa, si es que lleva alguno—; la ropa —mahones, tenis, camisa y corbata, etcétera—; la mirada —al piso, fija en usted, como esperando su reacción cuando llegue el ascensor, perdida o concentrada en el celular—; la cartera, el bulto, la mochila o las bolsas plásticas de compra.
Pues bien: de la whirlpoolización de todos estos elementos tiene que salir la predicción: o pasa ella o pasa usted.
Eso mismo podría adaptarse al caso de las relaciones entre hombres y mujeres en esta época de tanta penuria. Lo mismo para los piropos, para las invitaciones a salir, para las citas, para las peticiones de un sí, para las propuestas matrimoniales —si es que vamos a tener esta institución por mucho tiempo más—, para el asesinato del neonato, para el asesinato del esposo o de la esposa, y para decidir sobre la muerte del cónyuge o la cónyuge por arma blanca, estrangulamiento, arma de fuego, despeñamiento, inanición, sofocación mediante la aplicación de cintas elásticas y un gran número de etcéteras.
Y yo me pregunto, porque derecho tengo: con tanto dinero que se gasta en este país, ¿no podríamos gastar cinco o seis milloncitos en contratar una buena compañía de inteligencia artificial o natural que preparara una maquinita como la que proponía Leibniz en su mathesis universalis?
La maquinita contendría todas estas variantes y otras más; en fin, todas las variantes posibles del espectro femenino, de modo que, ante la duda, el varón en cuestión pudiera activarla y recibir un laudo inmediato, con un noventa o un noventa y cinco por ciento de probabilidades de acertar qué hacer en cada caso.
Algo parecido se había propuesto para el Código Penal: nada de un código escrito. En su lugar, todos los elementos de todos los crímenes posibles y todas las penas correspondientes a esos crímenes. El juez no tendría más que marcar en la maquinita los elementos probados, darle a la manigueta situada a la derecha y esperar que esta produjera la sentencia correspondiente, con las citas de los códigos y sentencias alternativas en caso de agravantes y atenuantes.
Una verdadera chulería.
Una cosa con la que hay que tener cuidado, mucho cuidado, es con equivocarse de diagnóstico. Igualmente catastrófico puede ser darle paso a quien lo abomina que no dárselo a quien lo espera en una situación similar.
Lo digo porque el otro día me equivoqué en mi predicción y pasé antes que una dama que esperaba, distante, frente a la puerta del ascensor.
¡Para qué fue aquello!
Lo menos que dijo, mientras miraba los numeritos de los pisos, fue:
-¡A la verdad que en este país ya no hay hombres!
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