Sobre sequías, cisternas y rogativas

“(…) Bájate de esa nube (…)” Bolero de Ernesto Duarte Brito.

Estaba yo en mi cita médica cuando Sarita, la enfermera que me saca la sangre, con sus tiernos 24 o 25 años y su belleza semivirginal —la importancia de esto de «virginal» se verá más adelante—, comentaba:

—Eso de la siembra de nubes es un camelo: para sembrar una nube ya tiene que estar cargadita de agua.

Y venga pinchazo, y venga jalón, y que no me encontraba la vena, y yo sabía que era porque estaba tan exaltada con su descubrimiento de lógica básica que no le prestaba atención al pobre ser humano que tenía delante. Yo soporté el dolor con tal de que me siguiera contando aquello de la siembra de nubes.

—Ah, y lo segundo es que, si llueve, tiene que caer en la palangana. O sea, el que siembra tiene que tener la puntería de que caiga en los embalses La Plata o Carraízo; si no, se pierde todo el bacalao.

Ya al tercer pinchazo encontró finalmente la vena y se fue tranquilizando mientras la sangre fluía hacia los tubitos de las pruebas.


Francisco de Goya, Procesión de aldea o Procesión rural, 1786-1787. Obra de dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

El caso es que esto de la siembra de nubes se me quedó en el colodrillo y se lo comenté a doña Irma cuando salí del cubículo de las torturas hematológicas. Doña Irma, para echarle más sal a la herida, me dijo que había visto en las noticias que el contratito le había saludo a la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados en la friolera de $400,000; que no había absolutamente ninguna garantía de que el procedimiento funcionara, en gran parte porque los dos o tres meses del contrato eran insuficientes para que tuviéramos la buena ventura de que se presentaran nubes amigas, cargadas de agua, debidamente ubicadas sobre los embalses y suficientemente aptas para que la sal que les iban a echar surtiera efecto que se esperaba y el agua se precipitara.

A mí, que esto de los adelantos científicos me entusiasma tanto, como que no quería hacerles caso a la incredulidad de Sarita y de doña Irma. Tenía mi mente puesta en que la siembra de nubes iba a funcionar y que el precio por dos o tres buenos aguaceros bien valía la pena.

Es verdad que el agua podría llegar saladita, como en la plena de César Concepción: «Salada, Saladita…». Hombre, y dado el caso de que usted quisiera hacer un arrocito blanco, saca el caldero por la ventana de la cocina debajo del aguacero y el agua viene ya con la sal; que si quiere darse un baño de asiento para la siática, llena dos o tres cubos de agua y ya tienen la sal; si quiere remojarse los pies en la palangana para tranquilizar los juanetes, el agua ya tiene la sal. Es más, si usted se pone a sacar cuentas de la sal que nos ahorraríamos, con lo cara que está la vida, hasta puede ser que saliéramos ganando.

Lo que más me acongoja por el momento es que aquí ha estado lloviendo todos los días desde hace una semana y media y los benditos embalses siguen para abajo y para abajo. O las nubes ya no tienen la puntería de antes o se hicieron los embalses fuera de foco. La cuestión es que como dicen los gallegos, estamos meando fuera del tiesto.

Porque, fíjese usted, en los tiempos pretéritos, cuando se celebraban las famosas rogativas pro pluvia, como durante aquella espantosa sequía de 1847 que azotó al país, el pueblo se unía en grandes caravanas y ahí le aviso yo si llovía o no llovía. Como cuando los socialistas y las socialistas sacaron a Ricky de La Fortaleza: unidos y gritando a voz en cuello aquellas 500,000 almas.

La rogativa es, que duda cabe, un procedimiento mucho más barato, y recuérdese que el pueblo unido jamás será vencido. Como cuando la Marina.

Porque la verdad es que a los puertorriqueños nos gusta el agua de verdad, la que viene de las nubes del cielo. Por eso no llegamos a una solución más práctica y definitiva, como que cada familia tenga su cisterna de 300 o 400 galones, con lo cual nunca le faltará agua, aprovechando que, aun en la más grande sequía, su poquita agua siempre cae para rellenarla.

Pero no, hombre. Esa agua de cisterna, que resolvería el problema a nivel práctico, guiada por un espíritu de virtud ciudadana, esa agua de cisterna, digo, nos quita el gustito de quejarnos de que esta bendita naturaleza no se apiada de nosotros y no nos echa un aguacerito de vez en cuando. Y quien sabe si la sequía nos saque de pobres si a Mr. Trump se le ilumina el entendimiento y nos declara zona de desastre. ¡Millones y millones!

Es mejor pagar los $400,000, aunque no haya garantías, que emplear esos $400,000 y un poquito más en proveer cisternas a cada casa y de viaje ayudar a quienes no puedan comprarlas por su cuenta.

Aquí el que más que el que menos tiene (o puede conseguirse) sus tres o cuatro mil pesos —o más— anuales para llevar a los hijos o a los nietos a Disney, pagarle la boda a la nena o mandarl a la academia de refinamiento de Macloskie a coger clases de modelaje, a ver si, aunque no salga en Miss Mundo, por lo menos…

Cisterna azteca.

En estos pensamientos estaba ya saliendo del hospital, devanándose los sesos pensando qué opción era mejor: la siembra de nubes, la rogativa o las vulgares cisternas de 400 galones. Y en eso que cojo el celular, me meto a ver las noticias y leo que Gary Walker, el empresario siembranubes, había dicho que no solamente no había garantías, sino que tratarían de que la salinidad no contaminara la flora. ¡Mecachi!

En su entrevista dijo que confiaba en que Dios nos mandaría las nubes que necesitábamos, pero que para ello: «Tenemos que rezar, hay que orar y orar». Váyase a Metro y busque la entrevista y lo verá.

Para el americano Walker, ya el milagro se había realizado, lloviera o no: se había embolsicado (o estaría a punto de …) sus buenos $400,000 por vender algo que podía afectar la naturaleza, que no garantizaba en absoluto que funcionara y que, si funcionaba, sería porque ya existían las condiciones naturales para llover, con siembra o sin ella.

Cuatrocientos mil washintones por algo que nosotros ya sabíamos: que cuando dioses quieren santos no pueden. (Como había dicho Sarita, ¡mire qué cosa!)

A pesar de todo llegué contento a casa porque también de arriba me había llegado la solución a mi dilema: volver a 1847 y, mientras tanto, arreglar mi cisternita, por si acaso no llovía. Hombre, que Dios dice ayúdate que yo te ayudaré.

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