Luis Muñoz Marín y el crédito: el Otro, nombre-del-padre

(…) La autobiografía invade, sin gran gusto de mi parte, un campo que realmente le corresponde a la biografía. Pero resulta que la biografía, para empezar a ser buena, tiene que ser post mortem. La autobiografía, también, si se pudiera escribir después de la muerte, sería mejor. Por ahora no se puede. (…) Perdónense las limitaciones que provienen del hecho, lamentable sin duda para algunos, de que provisionalmente continúo viviendo.

Luis Muñoz Marín, Historia del Partido Popular, pág. 84.

Cuenta Muñoz que, estando interno en Georgetown, fue a visitarlo un domingo su padre, Muñoz Rivera. Sentados a la mesa de una fuente de soda, el uno frente al otro, ocurre que el adolescente enciende un cigarrillo y, espantado, el padre coloca el florero que estaba encima de la mesa en dirección directa al fumador. «Para no verme», dice exactamente Muñoz Marín.


Édouard Manet, Flores en un jarrón de cristal, 1882. Óleo sobre lienzo. National Gallery of Art, Washington. Dominio público.

Me intereso por la construcción del sujeto en los textos confesionales de Muñoz. Sabemos que Muñoz tiene varios ensayos de autobiografía: los borradores de las entrevistas con Alex W. Maldonado, las Cartas a Rina, los apuntes biográficos dictados a Inés Mendoza, los dos volúmenes de memorias públicas, los borradores A y B de su autobiografía, la Historia del Partido Popular, que puede ser leída como una extensa biografía política, y el pequeño Diario 1972-74, con prólogo de Trías Monge y epílogo de Fernando Picó. De entre esa extensa masa documental seleccioné el Diario 1972-74 como corpus de mi trabajo. Una vez seleccionada la obra, el problema era: ¿cómo leerla?

En un primer trabajo estudié la visión cultural del Estado en Muñoz mediante dos metáforas: la del sueño y la calistenia, centradas en el tropo matriz del bohío, el viaje de retorno del héroe a su vida cotidiana. En ese primer trabajo leí la figura del Estado en Muñoz a partir de dos metáforas polares: la calistenia —o sea, el repecho de la jalda, el atletismo jurídico— y el sueño —la serenidad, la tranquilidad y claridad de espíritu—, como los dos polos que magnetizaban el campo retórico de su política cultural.

En este segundo trabajo quiero explorar los aspectos privados de la escritura de Muñoz: si en nuestro primer acercamiento vimos el viaje del héroe, la hazaña mediante la cual se armaba el Leviatán y su retorno al orden doméstico representado por un sencillo bohío, ahora queremos explorar cómo el propio Muñoz pasa sus últimos días enredado en una maraña de documentos, en un laberinto de entrevistas y terriblemente acechado por un proyecto pindárico, acaso imposible: escribir un último capítulo de sus confesiones, el del futuro.

Sugiero una metáfora de sus escritos confesionales para intentar organizar desde ahí una propuesta de lectura de su autobiografía. Se trata de una metáfora comercial que puede ofrecernos una gramática de sus escritos: la metáfora del crédito. El crédito, como veremos, tiene dos acepciones en Muñoz: el crédito como la posposición de una restitución en el tiempo, como una perforación del tejido del tiempo; y el crédito como algo que ya se tiene, que se ha recibido, como cuando alguien da crédito a lo que le decimos.

La autobiografía, entonces, puede ser leída como una solicitud de crédito en una cuenta a la que solo podemos hacer depósitos, no retiros. El cuerpo vivo nunca rédita de esta cuenta; réditan el ausente, la memoria, el nombre de un muerto, la firma. En tal sentido, Muñoz, más que escribir para la vida, más que escribir una autobiografía, habría escrito una tanatografía, un escrito para la muerte, el tánatos. Denme el crédito de tomar por buena esta hipótesis y permítanme los próximos veinte minutos para ilustrarla.

En lo que sigue se oirán ecos de Derrida y su lectura de Ecce homo, de Nietzsche, y de Paul de Man y su «Autobiography as De-Facement». Mi investigación se ha nutrido, además, de los trabajos de Carmelo Rosario Natal, Edgardo Rodríguez Juliá, Malena Rodríguez Castro, Fernando Picó, Luis Agrait, Silvia Álvarez, Leonardo Santana Rabell, Pedro Reina, Efrén Rivera y otros que iré mencionando.

En la presentación de este texto procederé de la siguiente manera: una parte del texto la voy a leer yo; la otra la oirán en la propia voz de don Luis, en un registro grabado perteneciente a la Fundación, cuya localización agradezco profundamente a Julio Quirós. Cito:

Abril 18, 1973. Toda la mañana leyendo el guion del Borrador B para anotar lo principal para el diálogo con Alex Maldonado a mediodía. El diálogo se avanzó bastante, cubriendo hasta las elecciones de 1944, y rememorando sobre cuándo fue precisamente que me convencí de que la independencia debía descartarla como posibilidad. La pregunta de Maldonado fue: «Usted estaba seguro de que el Partido Popular Democrático iba a ganar por muchos votos la elección de 1944; muchos independentistas creen que si usted, que todavía creía en la independencia, hubiera ido con ese “issue” a aquellas elecciones, hubiera ganado, quizás por menos votos, pero las hubiera ganado. ¿Había usted dejado ya de creer en la independencia? ¿Y fue por eso que insistió en que no estuviera en “issue” ese año tampoco?». Mi respuesta…

(En la conferencia en vivo aquí se oye una grabación de la voz de Muñoz).

Volvemos al Diario y al final de la cita:

En cuanto a si fue antes o después de 1944 que llegué a la conclusión sobre ese status, sobre eso es que tengo alguna duda. Para resolverla habría que indagar sobre dos datos: 1) ¿cuándo fue que hablé con Ben Dorfman, economista entonces de la Comisión de Tarifas (aranceles aduaneros) del Gobierno de los Estados Unidos?; 2) ¿cuándo se publicó, y leí, el récord de las audiencias públicas «Philippines Trade Act» de aquella década? Porque mi recuerdo es claro de que fueron estos dos factores los que me persuadieron, o hicieron que mi persuasión traspasara angustiosamente el dintel de mi subconsciencia, sobre la forma de libertad política a la que llaman independencia. Son datos que se podrían constatar, esos dos. (…)

Tengo dudas de que este método del diálogo grabado sea el mejor para por fin terminar la tan larga brega con la autobiografía. La relectura del guion que describe el Borrador B, que dejé de lado por no considerarlo adecuado, me hace pensar que aquel borrador era mejor que lo que está saliendo de este método del diálogo. Pienso que quizá el diálogo, apretándolo, dándole más estilo y abreviándolo, puede hacer una publicación serial de periódico de 25,000 a 30,000 palabras. Y que el libro puede venir después, usando como base el Borrador B, limitándolo a un primer tomo que llegue hasta 1952, la fundación del Estado Libre Asociado. Pero mi interés principal es en uno o dos últimos capítulos de proyección hacia el futuro. Y eso donde va a hacerse es en este Diario.

El texto se arma sobre una escena jurídica —y un hecho que cristaliza casi la metáfora: el libro está prologado por José Trías Monge—. Los personajes: el juez, el reo y el testigo. La causa: un asunto de crédito. Veamos primero esa escena; luego, la actuación de cada uno de los personajes.

En la composición de la escena jurídica, lo primero que nos llama la atención es la preocupación en torno a la precisión de los datos: el evento del cambio de opinión sobre el status y la intervención de Ben Dorfman, acaso como culpable del cambio de opinión. Es evidente que hay algo que preocupa profundamente al patriarca, que acaso sea la razón de sus constantes idas y venidas del texto a la narración, de los borradores dictados a los textos escritos, de la consulta de viejas fuentes periodísticas y de las búsquedas en los meandros interminables de la memoria.

El texto da a leer esa condición atormentada con respecto a la firma: un intento desesperado por dejar aclarado un nombre, unos hechos; acaso por exculpar decisiones, por justificar constantemente una vida.

En la escenificación jurídica que metaforiza el escrito coinciden en una misma persona, como hemos dicho, el juzgador, el reo y el testigo. El reo habla ante un frío inquisidor, Maldonado, exculpándose de haber tomado la que tal vez sea una de las decisiones más importantes de sujeto político alguno en nuestra historia, después, por supuesto, de la decisión del cacique Urayoán de ahogar al anodino Salcedo en aguas del río Guaorabo, un mito que marca, con su metáfora de la espera de la resurrección, los relatos histórico-políticos de nuestra historia.

Muñoz, digo, como reo, habla del sufrimiento; dice aceptar «angustiosamente» el paso del umbral de la subconsciencia a la conciencia: «… mi conciencia era residencia de penumbra…» (cf. entrevista de A. Maldonado, pág. 169).

Pero Muñoz también aparece como testigo, que corrobora o desmiente impasiblemente las declaraciones del reo de la entrevista: «… En cuanto a si fue antes o después de 1944 que llegué a la conclusión sobre ese status, sobre eso es que tengo alguna duda. Para resolverla habría que indagar sobre dos datos (…)».

De hecho, el Diario poco a poco se ha ido convirtiendo en una bitácora de la entrevista con Alex Maldonado: en el Diario se ensaya lo que se va a contestar, se recrimina lo que se ha declarado en las horas del mediodía durante la entrevista, se evalúa la escenificación de la confesión diurna (cf. D 28, 45, 47, 49, 62, 71).

Este Muñoz que escribe su Diario lee a un Muñoz oral y apenas le da oportunidad de movimiento; el pobre entrevistado es manejado, cambiado, rectificado, contradicho o, como dice el propio Muñoz, «bregado» constantemente por la escritura del Diario. Pero, además, como en todo escenario jurídico, esta confesión tiene un juez.

Y es tal vez aquí donde nuestra lectura confronta el alfabeto más endemoniadamente denso y enmarañado: «Pero mi interés principal es en uno o dos últimos capítulos de proyección hacia el futuro. Y eso donde va a hacerse es en este Diario».

Densa y opaca lectura porque, como sabemos, Muñoz nunca escribió ese capítulo final, como probablemente nadie lo escriba. Y no lo escribió porque confrontó la imposibilidad formidable de un límite de crédito: el hecho de que el crédito siempre se da; no se lo puede atribuir a sí mismo quien lo solicita. Es por eso que es crédito: la promesa puede ser hecha, pero confronta siempre el límite de la credibilidad que el otro tenga en ella.

Enfrentado a este límite insuperable de la escritura, el anciano desarmado, acosado por los recuerdos —recuerdos, para colmo, borrosos e imprecisos: a veces recordamos el evento; a veces, la construcción del evento—, atribulado, en la exquisita figura de Rodríguez Juliá, el viejo vate no tiene otro recurso que la letra para darse.

Solo que lo que estaba en juego ahora no eran las fórmulas jurídicas, las comisiones ni las burocracias; ahora estaba en juego la propia vida. El anciano pide tiempo; se desespera por la lentitud de «la brega con la biografía» —hay un libro de Arcadio Díaz Quiñones figurado sobre esta metáfora de la brega, que, dicho sea de paso, no es dar vueltas, sino romper; bregar es romper, de modo que se trata de no bregar, de no romper—; desecha el método del diálogo para optar por la escritura; vuelve al diálogo; corrige, anota, tacha, borra, juzga; llama a sus amigos para que lo ayuden, para que le aclaren la memoria, le busquen viejos periódicos; camina entre la humilde casa y el bohío; hace algunas apariciones públicas y pide un aumento de su línea de crédito ante la tarea imposible: escribir el capítulo final de la confesión. Ese capítulo del futuro que habría de escribirse en aquel Diario.

«Nadie se atreva a juzgarme sin haber leído estas confesiones», dice un atormentado Rousseau a manera de exculpación, como si dijera: «… yo sabré quién soy cuando termine de leer la última página de mis confesiones…».

Esta voz escritural del juez es, por supuesto, la más difícil. Como juez, Muñoz no se decide a dictar una sentencia sobre el biografiado; pide, exige, necesita una posposición, un crédito: «Pero mi interés principal es en uno o dos últimos capítulos de proyección hacia el futuro. Y eso donde va a hacerse es en este Diario».

La fórmula de la posposición y la espera se convierte en la metáfora organizadora de la confesión. Por eso, un poco más adelante en la entrevista señala, refiriéndose a los partidos:

El programa (del PPD), sin embargo, todavía mantenía abierta para una fecha futura indeterminada la cuestión de la independencia o la estadidad. Se establecía lo que se llamó el Estado Libre Asociado. Este debería funcionar mientras se lograban ciertos niveles de desarrollo económico que le hicieran posible a Puerto Rico existir tanto bajo la independencia como bajo la estadidad sin condiciones económicas especiales. (Entrevista de A. Maldonado, pág. 416.)

Esta misma fórmula del crédito —tomar ahora a cuenta de un momento futuro de restitución— se reinscribía políticamente como fórmula del quizás, de la duda, de la espera. Ahora, anciano, cercano a su fin, le tocaba el turno de aclarar su importantísima gestión pública y reclama y arma nuevamente su biografía, como había armado las líneas generales de aquel artefacto llamado Estado Libre Asociado.

Un año después, el 27 de mayo de 1974, vuelve a insistir en su propósito de escribir ese capítulo final del futuro: «A mí lo que realmente me interesa es escribir mi pensamiento (…) con algún capítulo de proyección hacia el futuro» (D 71).

La última página del Diario, escrita el 27 de julio de 1974, vuelve a los eventos de la vida cotidiana, a la autovaloración como gran líder fundador investido de un gran carisma y poder sobre las masas:

No es tranquilizador gobernar [como tiene que hacer Hernández Colón] durante la existencia de un líder fundador de un gran movimiento que conserva el afecto, la confianza, la relación carismática con la gran masa del pueblo y que puede, en un par de artículos de prensa o un discurso por televisión, crear, sin quererlo, situaciones de dificultad y trastorno (D 77).

Vuelve Muñoz a intentar lo imposible: concederse un crédito, el de un gran liderato, el de una gesta fundadora y el de una potestad legisladora irrestricta. A la vez, admite su propia decrepitud: «(…) no es lo mismo tener 42 años que 76 (…)» (D 77), como afirma melancólicamente de sí mismo en la misma página.

¿Cómo se constituyó este sujeto confesional mediante la solicitud de un crédito? Primero, arreglando la vida en el entramado de un escenario jurídico en el que el autor es, simultáneamente, reo, testigo y juez. Este es el pequeño drama de la confesión como género. Para este propósito usará los borradores de la entrevista de Maldonado. Segundo, concediéndose un crédito en vida como anticipo de ese último capítulo, el del futuro, que nunca escribirá.

Muñoz sabe que muy pronto su pasión de legislador saltará irremisiblemente de sus manos; otros lo juzgarán, otros le darán la ley, lo someterán a una ley, al carácter simbólico e irrenunciable de una memoria, de una firma, de una ausencia.

Pero he aquí que su potestad legisladora era incapaz de ordenar la memoria, que siempre depende de un otro.

Triste destino del teatro: para ser un personaje en él, para estar presente en el drama, era necesario haber desaparecido ya, ser acaso eso que se invoca desde detrás de una máscara cuando la voz ya es prestada por otro, el drama es otro drama y nosotros ya no somos nosotros mismos.

Toda confesión depende de un otro, de una promesa de restitución, y toda promesa es la posposición de un pago en el tiempo. Como cuando no podemos ver el rostro del otro porque nos lo impiden la muerte o un simple florero de utilería en una fuente de soda.


Nota: Luis Muñoz Marín fue una figura decisiva de la historia política de Puerto Rico, artífice de su transformación económica y social y principal arquitecto del Estado Libre Asociado.

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