Hombre, el otro día me invitaron a un foro sobre derecho y salud mental. Era en una institución universitaria especializada en derecho, de noche —después veremos por qué es importante que fuera de noche—, y estaban varios de los cocorocos que tienen que ver con el tema, tanto en los aspectos jurídicos como en los aspectos prácticos; o sea, los que llevan el management de la locura en Puerto Rico. Como el que no quiere la cosa, le pedí a una amiga que montara una mesa discreta con algunas que otras obritas mías para ponerlas a pulular donde yo creía que mejor podían estar.
Me dieron el primer turno. Hablé casi veinte minutos sobre la posibilidad de una discretísima campaña contra el estereotipo y, peor aún, contra el estigma del enfermo mental. ¡Qué caso me hicieron! Ellos querían hacer leyes. Por más que les expliqué que ya Platón había sentenciado que no necesitamos más leyes que las que nos dio Apolo, que eran poquitas, pero abarcaban todo, como que viraban la cara para el otro lado y torcían la boca.
Ellos hablaron con muchísima razón de las malas condiciones en que tenían que sobrevivir los enfermos mentales y, peor aún, los presos psiquiátricos en este país. Hubo una que trabajaba directamente en hospitales psiquiátricos que se exaltó tanto que por poco se cae de la silla. Ella quería una ley que penalizara, que constriñera; una ley buena, sabia, purgativa, con uñas suficientes incluso para azotar a los delincuentes antipsiquiatras.
Así, por el estilo, hablaron del revolving door, salir de la institución mental para al poco tiempo volver, de que no se cumplen las leyes, pero nada de eso fue tan sustancioso para mí como el fatídico momento en que alguien del público, un muchacho joven —estaba aquello lleno—, me preguntó qué opinaba y si lo que yo decía de Platón y demás zarandajas podía aplicarse al caso del hombre asesino, encarcelado, a quien le dieron un pase y fue a matar a una víctima que se le había quedado viva. Yo, completamente desarmado con mi argumentito de las poquitas leyes de Apolo, le respondí que reglamentos había, que leyes había, que órdenes había, que mecanismos para evitar los pases fraudulentos había. Lo que no había era voluntad de ejecutarlos. Desde acá vi que torció la boca. Este gesto de torcer la boca me está pareciendo que era como una especie de insignia o clave con la que se comunican los comunistas últimamente.

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Esa fue la única pregunta que me hicieron, la cual resumía la manera en que tanto el público como los panelistas habían recibido mi oferta de la campañita pública contra el estereotipo y el estigma. Para mis adentros me dije: «Caramba, si ya estoy aquí, déjame insistir un poquito más». Proyecté en una gigantesca pantalla, a nuestras espaldas, varias de las caricaturas periodísticas de las décadas del cuarenta y del cincuenta, de una tesis que había dirigido y para usar cuyas reproducciones ya le había pedido permiso a la autora. Se trataba del viejo cuento del loco que se cree Napoleón, el loco abusador que quiere que lo mantengan en el manicomio, el loco que no es tan loco como para comer candela y tantos otros estereotipos al uso. Tampoco esta estrategia dio resultado. Sencillamente, querían leyes, más leyes. Por ejemplo, una ley que penalizara el uso del estereotipo en los medios de comunicación. Mire que les dije que eso ya estaba contemplado en la Ley 408 de Salud Mental, pero nada. Me cansé de rogarles, me cansé de decirles…
Serían ya las diez de la noche, hora pesadísima de yo estar en la cama, y me consolé pensando en los piscolabis y, quién sabe, si hasta alguna copita de vino que debía estar donde yo sabía que estaban o se ponían los cócteles para estos eventos. Me despedí de mis queridos colegas, que todavía en la tarima botaban espuma por la boca contándose cuentos atroces de las cosas que pasaban en el sistema de salud pública, especialmente en el sistema de prestación de salud mental, y me dirigí al sitio donde yo supuse que estaría el cumplimiento de mi terapia de metas: los coctelitos. Oiga, aquello estaba como boca de lobo: ni cóctel, ni galletitas Ritz con queso, ni vinito Lambrusco y hielito. Oiga, nada de nada.
Como siempre hay que tener un plan B, me dirigí donde mi amiga, que estaba afuera, en el lobby, con la discreta mesita con las obras. Me miró con torva faz, como quien dice: «No me vas a hacer perder más el tiempo en estas niñerías». Me parece que se vendieron tres libros. Con lo que se obtuvo y con lo que yo le completé, le pagué el día de trabajo.
Lo otro fue encontrar mi automóvil en un parking inmenso como el desierto de Mojave y oscuro, absolutamente oscuro, sin iluminación alguna, bajo la luz estricta de las estrellas. Después de unos diez o quince minutos buscando y tocando la alarma, a lo lejos sonó la de de mi guagua allá a lo lejos. Me dirigí precipitadamente a ell, me quité la chaquetita de ocasión y me dirigí a mi casa.
Como era tarde para ver la película de Netflix, le dije a Irma, que me esperaba dormitando y anticipando algún suculento bocadillo, que no, que no había y que hablábamos mañana.
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