Me encanta este país, mi país, porque es un país curioso. A los boricuas nos brota por los poros el interés por conocer, saber y, sobre todo, investigar. Aquí todo el mundo quiere investigar a todo el mundo, lo cual me parece muy bien, porque quién sabe dónde se agazapa el veneno de una tramoya o de una conspiración para sacarle unos centavos de más al Estado.

Lo que no entiendo es por qué se ha abierto una investigación en Yauco contra unas humildes abejas que, laboriosamente, construyeron su panal en un templo de la sabiduría, según informó Metro el 18 de agosto de 2026. Si usted me dijera que son avispas asesinas, el mono fisgón de Santurce que tuvieron que eliminar porque merodeaba los condominios, una plaga de caimanes o una sobrepoblación de culebras, comprendería la investigación. ¿Pero un panal de abejas? ¡Bendito sea Dios!


George Cruikshank, The British Bee Hive, siglo XIX. Dominio público. Fuente: Wikimedia Commons.

Si lo que se investigara fueran las finanzas de los políticos, las campañas electorales o los supuestos mercachifles que se acercan al Gobierno acompañados de sus cuarenta ladrones, entonces sí habría material de sobra. Después de todo, desde Aristóteles hasta Montesquieu se ha reconocido la necesidad de dividir y vigilar el poder. De ahí surge el gobierno mixto y el sistema en el cual las distintas ramas se fiscalizan mutuamente, se sacan los trapos sucios y, en buen puertorriqueño, se investigan unas a otras.

A mí si usted me pregunta le diría que me da igual que investiguen todo lo que quieran. Pero, bendito, que haya resultados y, más importante aún, consecuencias. Si alguien se llevó hasta el caldan del Gobierno y eso quedó probado hasta la saciedad, hagamos algo. Que responda ante la justicia y devuelva lo robado, con las sanciones que correspondan de manera firme y ejemplar. Lo que no podemos mantener eternamente es ese swing de “yo te investigo, tú me investigas; yo te rasco la espalda, tú me rascas la mía”, y aquí paz y en el cielo gloria.

Por supuesto que tenemos derecho a conocer la verdad y debemos agradecerles a quienes investigan por nosotros. El problema es que, mientras más esquemas de corrupción y modus operandi salen a la luz, más rápidamente rueda de cabeza en cabeza la metáfora de la podredumbre. Poco a poco se vuelve natural robarse unos chavitos aquí y otros allá. Todo termina justificándose con un “bendito, cualquiera lo hubiera hecho”.

Nos estamos acostumbrando al escándalo nuestro de cada día. No dan abasto los periódicos, los noticiarios ni las encuestas para cubrir los desmanes, las inmoralidades y las porquerías atribuidas a quienes fueron llamados a representar al pueblo. Y, aun después de descubrir el pecado de un gobernante, le seguimos el rastro como la Pantera Rosa, lupa en mano, buscando qué otra cosa hizo sin que nos enteráramos.

Porque, seamos sinceros, produce cierto gustito ver caer a una persona considerada honorable y respetable. Si fue doña Teté quien se robó la luz, la noticia no provoca gran cosa. Pero si se trata del esposo de una gobernadora, del presidente de una comisión legislativa o de alguien encargado de redactar códigos de ética, entonces sí: ¡eso da gusto! Y lo mismo ocurre cuando se habla de los legisladores, de los escándalos de baile en el tubo o de cualquier otra ocurrencia que termina convirtiéndose en tema de conversación nacional, como si el país entero se hubiera transformado en un gran escenario de variedades.

Tampoco podemos culpar enteramente al país. Este es un espectáculo por el cual no hay que pagar un centavo. Los griegos tenían que esperar horas en un anfiteatro para contemplar cómo Edipo, Orestes o Agamenón caían al fondo del abismo. Ahora todo es instantáneo. Podemos ver el momento exacto en que un funcionario recibe la supuesta “paca”: en fotografía, en video, a color, en blanco y negro y con la imagen aumentada. Después podemos guardarlo en nuestra biblioteca personal de porquerías.

Lo que verdaderamente me preocupa es que se nos estén acabando los motivos para investigar. Todo en la vida se termina, y no creo que el número de escándalos sea potencialmente infinito. Quizás por eso ya hemos tenido que recurrir a echarles los federales —o los “quince”, como decimos aquí— a las abejas de Yauco.

Y mientras tanto, el pueblo ya conoce muy bien los otros casos que no necesitan presentación: el de Tata, el de la gobernadora y el del famoso tubo. A esos no hace falta ni nombrarlos con detalle, porque ya forman parte de la memoria colectiva, que bien lleno tenemos ya el colodrillo colectivo, de esa lista de historias que todo el mundo repite en la esquina, en la fila del pan o en la sala de la casa, como si fueran parte del paisaje cotidiano de la Isla.

A este paso, ya veo deponiendo a alguna sorprendida Abeja Reina dando cuenta de la producción de miel, el número de zánganos de la colmena y otros solemnes requerimientos

Bzzz, bzzz, bzzzz…

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