Estaría ya en el quinto sueño cuando me despertó, como a la 1:30 de la mañana, el primero de los fuegos artificiales del Hiram Bithorn, que queda aquí cerca de La Merced, con motivo del espectáculo de Bad Bunny. Me desperté verdaderamente azorado y lamentando no poder seguir soñando.
Como dicen que no es bueno quedarse con los sueños por dentro porque les trastornan la cabeza a las personas, decidí contárselo a Irma antes de que se me olvidara. Y, ya que estaba despierta porque seguían los bombazos, de modo que a cada rato se iluminaba el cuarto, le dije:
«Mira lo que estaba soñando ahora mismo: que yo había montado un negocio de espectáculos que presentaba en diferentes pueblos de la Isla, representando al personaje de un abogado ya entrado en años, y que el espectáculo consistía en una oficina legal ambientada en los años cincuenta. Se conocía como “La Oficinita” y era el centro del espectáculo.
»Mira, me acuerdo hasta de los muebles. Tenía tres sillas y un tresillo de madera del país y enea, que me prestó a consignación Villalobos, de Cordillera de Ciales, que es muy buen amigo mío. En el escritorio de caoba negra, que también me prestó Villalobos, tenía una Remington negra que parecía una nevera de grande y que me prestó don Cholo, quien las colecciona. Pero lo más sensacional era un Packard del 54, negro y con un brillo deslumbrante, que también me prestó el vecino de Mercedes, quien es miembro de la Asociación de Automóviles Antiguos, no sin antes advertirme que lo tenía que cuidar, pues era como un hijo para él.
»Entonces, me acuerdo como ahora, las paredes estaban decoradas con carteles en cartulina, medio guasones, como estos: había uno que decía: “¿En qué se distinguen un abogado y un vampiro? En que el vampiro chupa sangre solamente de noche”. Me acuerdo de otro que decía: “Todo abogado tiene derecho a su propio cliente”. Y otro, de estilo más refinado, que decía: “Un águila con cien plumas no se puede mantener, pero un notario con una mantiene a hijo y mujer”. Coronando mi cabecera, en la parte de atrás del set, estaba uno que destacaba más que los otros y que decía: “Existen dos tipos de abogados: el que conoce la ley y el que conoce al juez”».
Me acuerdo como ahora, te digo; los tengo frescos en el colodrillo. Las paredes imitaban madera machihembrada del país, pintada de gris claro, que mis hijos, Zaitay y Carlos, me hicieron a partir de unos retazos de gypsum board que tenían en sus talleres de pintura. El techo era un cartón acanalado que imitaba zinc. En fin, La Oficinita era una chulería y, en una marquesita al lado, construida con los mismos materiales, acomodamos el Packard.

La idea no era un espectáculo musical, sino un espectáculo dramático. Me acuerdo todavía de algunos de ellos —es increíble que guarde un recuerdo tan exacto de este sueño, yo que tengo tan mala memoria—.
Me acuerdo de uno que se llamaba La mujer del velo. Era la historia de una mujer que aparecía por las calles del pueblo a las doce de la noche llevando un velo y dejando abierta una de las tumbas del cementerio, la cual se cerraba inexplicablemente poco antes del amanecer. El abogado, que también era investigador, Carlitos Cristóbal Gil Ayala —ese era el nombre del personaje que yo interpretaba—, descubrió que era una manera que los traficantes de ron carabelita usaban para atemorizar al pueblo y lograr que todo el mundo se mantuviera en su casa durante las horas del trasiego del destilado.
En otro de los dramas, este personaje principal, que sigo siendo yo, descubre quién mató al comendador —le dicen comendador, pero realmente es el alcalde del pueblito— y que se trató de una conjura de todo el pueblo, al cual el alcalde le caía como bomba. El drama se llamaba ¿Quién mató al comendador? Jayuya, señor.
Al final del sueño, el abogado se monta en su Packard como para irse a buscar más aventuras. Hasta ahí llega, porque es entonces cuando suena el bombazo de la fiesta del Bithorn.
¿Y usted sabe lo que me dijo Irma como toda respuesta?
«Ay, Carlitos, lo que pasa es que tú eres un envidioso y te quieres copiar de Bad Bunny».
¿Y sabe lo que le contesté?
«Mi hija, ¡lo que hacen cincuenta años de matrimonio! A la verdad que contigo no se puede hablar».
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