El país del trabajo


Pierre Puvis de Chavannes, El trabajo (Work), 1863. National Gallery of Art, Washington. Imagen de dominio público.

Otra de las razones por las que me encanta mi país es porque aquí todo el mundo trabaja; cuando digo todo el mundo, es todo el mundo: desde el primer incumbente hasta el más humilde empleado sanitario.

Pero hay un problema: hay unos que no dejan trabajar a los demás. ¿Y cómo es eso? Pues mire usted: el noventa por ciento de las personas —personas quiere decir políticos— se queja de que un oponente le hace la vida imposible con el fin de hacerlo trastabillar e impedir que haga lo que tiene que hacer de acuerdo con su posición y su mandato electoral.

“Yo soy la alcaldesa; déjenme trabajar, déjenme hacer lo que me toca hacer.”

Julia Nazario, alcaldesa de Loíza, durante una controversia con el DRNA:

La respuesta siempre es la misma: «Yo haré lo que tengo que hacer y nadie me desviará del cumplimiento de mi agenda de trabajo y de mis responsabilidades con este pueblo». Más o menos así, con esta fórmula, se escamotean las críticas del oponente, en cuyo corazón se agazapan —qué duda cabe— la maledicencia, la envidia y los proyectos destinados a ponerle zancadillas a su adversario.

La idea es que caiga, que se descocote, que se canse, que le llegue a apestar el pellejo y se largue de la palestra política. Esa mala hazaña, aducen los criticados, casi siempre —si no siempre— nace del deseo más íntimo de tener lo que posee el otro: su posición, su poder para decidir sobre presupuestos, sus escoltas y vaya usted a saber qué cosas más.

A mí, que siempre me han gustado las estadísticas y los porcentajes, me ha dado vueltas en la cabeza la posibilidad de traducir todo esto a fórmulas. Cuando digo «esto», quiero decir la situación en la cual todo el mundo trabaja, o quiere trabajar, pero los demás no lo dejan.

“Yo voy a trabajar y estoy enfocada en trabajar y en los resultados». 

Hon. Jenniffer González, al hablar de los obstáculos encontrados durante su gobernación:

Suponiendo que el cincuenta por ciento de los políticos quiera trabajar y que el otro cincuenta por ciento no lo deje, tendríamos entonces un nivel cero de trabajo. Pero no es así: a diario se firman leyes, se presentan proyectos en las legislaturas, se nombran individuos para puestos administrativos y se hacen un montón de cosas más.

Por lo tanto, debe de haber algún porcentaje de actividad laboral que se realice a pesar de la oposición al trabajo. Digamos que es un veinte por ciento, para poder comenzar a entrar en materia de discusión. Si con ese veinte por ciento se suplen todas las necesidades del país —porque el país, mal que bien, «funciona»—, se abren entonces dos campos de investigación: cuál sería el mínimo de trabajo requerido para que el país funcione y qué sucedería si en el país hubiera un ochenta, un ochenta y cinco o un noventa por ciento de personas a las que dejaran trabajar.

Hacia abajo, o sea, hacia el grado cero de trabajo, la hipótesis sería que el cuerpo social moriría por falta de bombeo de sangre, por falta de un corazón que la irrigara y llevara el trabajo a los distintos tejidos de la sociedad. Deberá entonces pensarse en un uno por ciento de trabajo, por mínimo que sea, como bombeo indispensable.

Hacia arriba es donde está el problema: un país en el que el ochenta o el noventa por ciento fuera bombeo y trabajo, sin oposición y sin maledicencia, podría sufrir un síncope por exceso; lo que comúnmente llamamos una presión tan alta que revienta los capilares. Nuestro cuerpo social muy probablemente no está preparado para una sístole y una diástole de esa magnitud.

Quizá por eso nuestros ancestros, mucho más sabios que nosotros, ya comprendían esto e inventaron la hamaca. El suave vaivén de esos pedazos de lona nos hacía bajar la presión social, nos alargaba la vida y nos la hacía mucho más fácil y placentera.

Pero las hamacas desaparecieron en beneficio del Posturepedic. De alguna forma misteriosa, el lenguaje común, el lenguaje ordinario, se encarga de reducir la presión del trabajo creando fórmulas más o menos consensuadas: «Es que no me dejan trabajar. A pesar de que todos están en mi contra, aquí estoy, prometiéndoles a mis electores que no cejaré ni un ápice en el cumplimiento de la agenda que les prometí. Yo vine aquí a trabajar y nadie logrará apartarme de ese propósito».

Hay algo que no quisiera que se nos quedara en el tintero: una minúscula tipología del que critica y del criticado.

El que critica está mucho más cómodo. Es como un francotirador que se agazapa y solo tiene que esperar a que el desprevenido oponente saque la cabeza y, ¡pum! Puede sentarse en el mirador de su predio privado y observar a quién le pegamos el tiro hoy, a nombre de quién se lo pegamos y en virtud de qué fin se lo pegamos.

“Mientras tanto, déjenme trabajar para bien de nuestro pueblo.”

Jay Martínez, alcalde de Lajas:

Como los seres humanos somos desconfiados por naturaleza —ya lo vimos en otro sitio—, tendemos a creer más en la crítica que en la respuesta ofrecida por la víctima. Así, la vida es más fácil para el que critica, si no fuera porque, muy dentro de sí, en su colodrillo, la envidia puede carcomerle las propias entrañas.

La víctima —si seguimos con la metáfora del francotirador— tiene menos escapatoria: el tiempo de permanencia en su posición electiva se le acaba, y su excusa de que no ha podido trabajar por culpa de las críticas depende de la benevolencia del público que la escuche. Un público que casi nunca dará crédito a sus explicaciones sobre la tardanza de los servicios públicos o sobre la ausencia monda y lironda de estos: no hay agua, no hay luz, no hay incentivos para la productividad.

De modo que esta indefensa pieza de caza va por la corta vida de su periodo electoral soñando con un momento de paz y concordia en el cual, por fin, la dejen trabajar.

Para terminar, no queremos que se nos tilde de simplistas o binarios: estos dos sujetos de nuestro pequeño drama, los agresores y los agredidos, no son autosuficientes y solamente pueden comprenderse cuando el germen de la crítica penetra en unos o cuando la letanía de las excusas comienza a secretarse en los otros como la baba de las entrañas de una lapa.

En nuestro lenguaje más vulgar diríamos que es el picorcito de la crítica lo que hace que la víctima trabaje la excusa y formule la fantasía de su entrega al trabajo. ¡Hombre, que tal para cual!

Cogidos de la mano por los caminos de nuestra política insular, parece que fueran cantando aquella canción de nuestra niñez:

«Espérame en el cielo, corazón,
si es que te vas primero…».

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